Hace varios años, cenaba con un grupo de latinas estadounidenses con quienes había ido a España el año anterior en un viaje de investigación. (Eramos parte de un selecto grupo de jóvenes líderes hispanas elegidas por una organización española para viajar allá y aprender sobre la España contemporánea). La idea era ponernos al día sobre nuestras vidas y crear vínculos con arroz y habichuelas y margaritas.
Una de ellas que había traído a su nueva amiga, comenzó a presentarla. Señaló a la joven abogada sentada a mi izquierda, Petra —cambio su nombre para evitar ponerla en un aprieto o que me demande— y dijo, “Y esta es Petra. Es puertorriqueña de El Bronx”. En ese momento, Petra, una mujer educada en Harvard que es de El Bronx y lucía un magnífico halo de rizos afro, se levantó y gritó. “¡Eh! ¡No soy puertorriqueña. Soy dominicana!”. Petra estaba claramente molesta y su tono era el de alguien que se siente profundamente insultado. Qué ofensa: ¡Ser tildada de borinqueña!
Si tuviera un chele por cada vez que me confundieron con dominicana, sería una dominicana millonaria. Si tuviera una peseta por cada vez que me confundieron con colombiana, mexicana, y recientemente por alguna razón, cada vez más con venezolana, estaría cubierta en petrodólares.
Entienden mi punto.
Este incidente entre gente educada, como diría el nominado presidencial demócrata Barack Obama, me deja dudando sobre la unidad latina y más específicamente, por qué esta persona encuentra ofensivo que la confundan con una boricua. ¿Acaso es ignorancia de su parte? ¿Nacionalismo ciego y apasionado? O, se trata de un prejuicio antipuertorriqueño que corre por sus venas.
Si hubiera sido un incidente aislado, se lo hubiera achacado al orgullo nacional. Sin embargo, tristemente esta no ha sido la única vez que he visto, oído o experimentado con mi propio corazón y oídos prejuicios antipuertorriqueños de la boca de latinos y latinas educados.
Mi lado altanero siempre lo ha tomado como malditos celos.
O sea, de veras. Qué otra nación latinoamericana puede clamar en un delicioso soplo tener tantas superestrellas mundiales –Jennifer López, Ricky Martin, Marc Anthony, Héctor Lavoe, Rita Moreno, Raúl Julia, Rosie Pérez, Roberto Clemente, Daddy Yankee, Don Omar, los 50 ex campeones de boxeo y un montón de Miss Universos y mi favorito, Jimmy Smits. Personas que no solamente han inspirado a boricuas y a latinos sino que han capturado la imaginación de una nación. Sí, hay Shakiras y Salmita Hayek y Big Papi. Sin embargo, el nivel de sofisticación puertorriqueña y el récord de talentos y cerebros es algo admirable. Hay motivos para la envidia y reflejarla en acciones.
Sin embargo, tras pensarlo más a fondo, esto es algo más serio que decir que tenemos bellos y talentosos compatriotas. Hay mucho más en juego, como para empezar, poder elegir al primer Alcalde latino o a la primera Alcaldesa latina en la ciudad de Nueva York. No lo vamos a poder hacer —pienso yo— si de entrada no empezamos a celebrarnos los unos a los otros.
El puertorriqueño Eugenio María de Hostos, llevó la educación a Santo Domingo. No hay absolutamente nada ligero acerca de un boricua que vio más allá de su bandera y fue instrumental en el establecimiento de la educación de todo un pueblo: la República Dominicana. Si Hostos hubiese sido un etnocéntrico, no me atrevería a pensar qué hubiera pasado con la educación superior en Quisqueya.
Por cada nación latinoamericana, hay ejemplos de este tipo de genio puertorriqueño –tipo Simón Bolívar—.
Sin embargo, para esto tomo prestada una página del libro de mi madre –el libro de la buena ponceña—.
Recuerdo que cuando era niña me mandaba a darle un plato de comida a desconocidos desamparados que ella veía en nuestra cuadra. No es que le sobrara dinero o comida. Ella veía a alguien necesitado y ayudaba como pudiera sin importar de donde fueran, si de Ecuador, México o de la República Dominicana, no importaba. Era así de generosa. Como lo era Hostos. Así, de la misma forma que muchos valerosos activistas puertorriqueños sentaron las bases para que esta fuera una ciudad más acogedora, más bilingüe. Como los fundadores boricuas del Fondo Puertorriqueño para la Defensa Legal y la Educación, los Young Lords, Aspira y muchos más héroes y heroínas cotidianos, de cuyas victorias se benefician hoy todos los latinos, no solamente los puertorriqueños.
Este domingo —como ha venido sucediendo por más de medio siglo— decenas de miles de puertorriqueños desfilarán por la Quinta Avenida celebrando las raíces de su isla. Millones más, en las gradas y en sus hogares, los acompañarán. Es un evento simbólico y alegre que deben vivir y celebrar, al menos una vez en su vida, todos los neoyorquinos en general y cada latino en particular.
La belleza del desfile reside en que aunque siempre ha estado muy centrado en Puerto Rico, también ha sido muy inclusivo. A diferencia de otros desfiles, que prohiben la participación de los gays, en el de los boricuas todos son bienvenidos. Desde las batuteras a los Ñetas pasando por las superestrellas, es toda una gran fiesta.
Me doy cuenta que Petra, y personas como ella, no son lo suficientemente maduras para ver más allá de sus banderas. Lo que he aprendido es que esas personas —que no celebran a los otros— realmente están dejando de celebrarse ellas mismas.









