A simple vista, el iQ ofrece la visión de fragilidad de un coche tan pequeño, si bien la realidad es otra. El panel a la derecha en forma de V es uno de sus atractivos.
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Reportajes EFE — Lo habitual en la industria automovilística es que las evoluciones tecnológicas o de ingeniería se operen sobre modelos de los segmentos altos, pero Toyota rompe la costumbre y con un radical urbano de menos de tres metros ha ensayado reformas estructurales que van a marcar la pauta en el resto de sus vehículos.

El Toyota iQ forzosamente tenía que someterse a profundas transformaciones si se quería hacer realidad el reto de ubicar cuatro plazas (efectivas tres) en su reducido espacio.

A simple vista, el iQ ofrece la visión de fragilidad de un coche tan pequeño, si bien la realidad es muy otra. Su fachada atrae por unas defensas muy robustas, una eliminación casi total de voladizos, ya que amplía la distancia entre ejes hasta los dos metros, una visión lateral marcada por los marcos de las puertas muy grandes y una zaga que rompe radicalmente la horizontalidad del techo sin ambages con un portón vertical.

En el interior hay también novedades llamativas como un salpicadero asimétrico que se mete hacia dentro en el lado del pasajero para facilitar un corrimiento del asiento. Este recurso es la fuerza argumental de la capacidad en pasajeros de este coche.

La cuarta plaza es posible, pero con condicionantes. Se puede reservar ese espacio a un pasajero de escasa altura, un niño, y aún a costa de forzar mucho la agilidad de movimientos del conductor.

En cualquier caso, es una solución ciertamente brillante, pues tres pasajeros adultos tienen un más que aceptable estándar de confort a bordo.

Las dimensiones de cualquier objeto son pura aritmética, por lo tanto sometida a la exactitud de las medidas y en menos de tres metros de longitud hay algo hay que restar para dejar sentado el principio primordial en el iQ de una pasaje para cuatro personas.