Denver/EFE
— La publicación de “La tumba de Buenaventura Roig”, la nueva antología bilingüe de Martín Espada, es un pequeño milagro para las letras puertorriqueñas tanto en la isla como en EE.UU.Galardonada con tan prestigiosos premios como el Premio Americano del Libro y el Robert Creeley, la obra de Espada había permanecido hasta ahora virtualmente desconocida en la isla, aunque fuese precisamente ésta la semilla de muchos de sus poemas.
Espada nació y se crió en Nueva York, y aunque su español es impecable y omnipresente en su poesía, la pluma del poeta fluye más caudalosa en inglés.
Ahora, gracias a las dedicadas traducciones de esta colección, los lectores hispanohablantes tienen acceso a su poesía.
Publicada por Terranova Editores de Puerto Rico, la antología consta de una selección cuidadosa de seis poemarios de Espada, prologada por el crítico César Salgado.
Se trata de una selección representativa, no sólo de la trayectoria del poeta, sino también de su compromiso social y político con la isla, con Latinoamérica, y con los oprimidos, dondequiera que estén. En su prólogo, Salgado identifica los valores fundamentales en la poética de Espada, citando, sobre todo, su solidaridad con los marginados, su compromiso inmutable con la justicia, y su vigilancia incansable hacia toda señal, aún “en la circunstancia más cotidiana”.
Estos valores están presentes a lo largo de la colección, desde el más breve de los poemas, hasta el más extenso.
Pero su poesía exhibe también una extraña ligereza, quizás a causa del humor y el ingenio del poeta, elementos que rescatan a sus poemas del naufragio vaticinado a mucha poesía política.
El poema titular es una ofrenda tanto al bisabuelo del título, como al Puerto Rico de su época, un lugar inhóspito y a la vez paradisíaco, en gran parte perdido para siempre.
Medio siglo después de su muerte, el poeta va a Utuado en busca de la tumba de su bisabuelo, pero no la encuentra.
Sin embargo, a cada paso halla señales de cómo habría sido la vida de su antepasado, escuchando ecos de resistencia y sublevación.
En la estrofa final, el poeta se hace parte de la historia, escrita en tiempo presente.
La traducción de Camilo Pérez-Bustillo, con la colaboración de Espada, logra transmitir el tono epifánico y la sonoridad coral del original.
Sin embargo, el uso de “macheteros” por “cortadores de caña” le dobla innecesariamente la carga política al poema-aunque fuera de Puerto Rico dicho término bien pudiera ser el más apropiado.
Entre las muchas traducciones logradas se destaca la de “Coca Cola y coco frío” por Maribel Pintado-Espiet; lo cual logra lo más difícil dando la impresión de sencillez: iluminar el original sin rebasarlo, exponiendo su luminosidad con luz propia. Una obra de arte.
Igualmente cuidadosa y brillante es la traducción de “Preciosa como una última taza de café” también por Pintado-Espiet, en la cual se exaltan todos los sentidos a la par del original.
A menudo prematura, truncando vidas sin motivo, como en los poemas de “Alabanza”, pero también serena y proclamadora de eternidad, como la de Clemente Soto Vélez en “Sin grilletes, las manos son libélulas”.
En esta sección, se destaca “Alabanza para la sección 100”, poema dedicado a los 43 miembros del Sindicato de Trabajadores de Hoteles y Restaurantes que perdieron sus vidas en los ataques a las torres gemelas.
Esas alabanzas que se repiten: “Alabado sea el cocinero de cabeza rapada / y un tatuaje en el hombro que decía 'Oye'...” “Alabado sea Manhattan desde el piso 107, como si fuera Atlantis vislumbrada por los cristales de un acuario antiguo...” se leen como himnos, cánticos de gloria celebrando vidas truncas cuyos ecos retumban en el poema.
Es así que a pesar de la persistencia de la muerte en los poemas, entre ellos siempre se vislumbra un rayo de esperanza, de eternidad.









