Un resultado no describe, necesariamente, un rendimiento. En este caso el triste empate de Chivas sobre Indios, por encima de la estreñida condena del 2-2, habrá de poner a contraluz a los rojiblancos, fracturados emocionalmente.

Partamos de una primera acotación: si hubo un equipo hambriento, motivado, rabioso, en la cancha, fue Indios y no Chivas. Los primeros entienden su crisis, los segundos se acostumbraron a ella, a vivir dentro de ella, cómodos, como en el útero evasivo, elusivo y protector de su fracaso.

Quedaba claro que José Luis Real llegaba desarmado al relevo de Raúl Arias con el Guadalajara.

Sólo tenía un recurso: el verbo jactancioso, estremecedor, de narrarles a los jugadores la trascendencia del resultado.

Porque de la crisis de Chivas, vale insistir, no hay inocentes, ninguno. Todos han sido y son culpables.

Real sólo podía, dentro de ese perfil respetuoso, conciliador, exigir a los jugadores que se lavaran el fango indecoroso de podredumbre e indignidad que les cubre.

Y por lo visto, fracasó: hay un daño profundo en el plantel, que ha perdido el valor fundamental de un competidor: la fe en sí mismo.

La irresponsabilidad que habita en Chivas es un caso de alta traición en algunas situaciones.

Cierto que el futbolista es víctima de los cambios drásticos y dramáticos de técnico, yendo y viniendo entrenadores entre los cuales ni siquiera hay una peculiaridad que los acerque, esto como reflejo de una ignorancia galopante de sus pastores.

Pero no hay inocentes. Es más, queda claro, su silencio los hace más culpables, los hace más responsables, los hace más condenables. Su silencio no hace mejor a los futbolistas, los convierte en cómplices.