La actitud positiva ante la vida es determinante. EFE
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Una pregunta frecuente que me hace la gente y que es muy grato compartir, es: ‘Fernando, ¿cómo le hacen para perder el miedo? ¿qué piensan a los 3 o 10 metros de altura y todavía tener que hacer vueltas y giros?’. Mi primera reacción tras el cuestionamiento es sonreír, porque recuerdo inevitablemente unas de las razones por las cuales decidí quedarme en el deporte de los clavados. 

Superar nuestros miedos y trabajar una nueva actitud no es algo que sólo suceda a las personas que saltan de los 3 o 10 metros, pasa en nuestras vidas tanto en lo personal como en lo profesional con mucha frecuencia.
 
Cuando contesto esta pregunta les digo literalmente. –“clavadista sin miedo no es clavadista”-; claro que sí tuve miedo, pero lo aprendí a controlar, incluso, disfrutar; esto no quiere decir que esa sensación de vació en el estómago no la vuelva a tener, por el contrario se repite, pero uno de los aprendizajes en mi carrera deportiva más importante, fue saber enfrentar mis temores.

Durante mucho tiempo uno de los clavados que más trabajo me costó realizar, fue el que lleva el nombre de Holandés simple en posición B; así como los clavados con giros.
 
Para las olimpiadas de Sydney 2000, todos los días tuve que tirar un simple de holandés al principio y al final del entrenamiento para fortalecer mi práctica. Hubo ocasiones en las no quería escuchar el nombre de este salto, y deseaba que me dijeran ‘haz un clavado más con giros’. Se me exigió una mejor actitud cada día, digna de una final olímpica. 

Un clavadista puede hacer un promedio de 250 clavados diarios, solamente en un año llega a hacer 70,000. Cuando llegó el momento de ejecutar el referido salto en la semifinal, no solamente recordé lo entrenado, si no la actitud de todo el equipo que yo estaba representando.
 
En mi último clavado de la final, tenía la clara posibilidad de una medalla, estaba enfrentándome por un lugar en el pódium contra los dos mejores clavadistas del mundo en ese año.  La presión que viví era mucha, y más, porque quería darle un motivo de festejo a mi país. 

Gracias a que asumí la oportunidad que tenía delante de mí con confianza y esfuerzo, y una manera de desenvolverme que llevaba practicando durante mucho tiempo, logré obtener la medalla de plata. Tener una mejor actitud se trabaja día tras día. Hay que vencer nuestros miedos y enfrentarse al competidor más complicado que siempre tenemos: uno mismo. El secreto, quizá, radica en guardar en la mente una idea clara: sí puedo y lo sé hacer.
 
La recompensa al atrevimiento de transformar la propia actitud es verse haciendo lo imposible, y con esto se hacen realidad los sueños, en el ámbito de trabajo los proyectos se concretan, se rebasan las inalcanzables ventas, se cumplen los objetivos más altos y anhelado, como lo fue para mí  tener en la mano una presea olímpica. 
 
*Fernando Platas, Medallista Olímpico Sydney 2000.

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