(FOTO: JEFF GRACE LA OPINION)
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"Yo veo problema de la ecología como un problema información. Hasta ahora no sabíamos el verdadero impacto ecológico de los productos que consumíamos".

Después de años de destrucción consentida, "ahora por fin podemos tomar buenas decisiones", asegura, y así canalizar los impulsos ecologistas de una manera más eficaz, porque, como dice en su libro "no es verde todo lo que parece".

"Inteligencia ecológica" no rehuye lo complicado del problema ni lo laborioso de la solución. El intrincado y globalizado sistema económico hace que "cada proceso de producción tenga centenares de puntos vulnerables de ser contaminantes", lo cual hace difícil el control, pero también infinitas las posibilidades de acción.

Existen procesos de producción tan nocivos que actividades como el cultivo de algodón o la fabricación de palomitas de maíz al microondas, que han demostrado ser perjudiciales para el funcionamiento pulmonar.

También la fabricación de un simple tarro de vidrio y el nivel de flatulencia del ganado vacuno son fuentes de contaminación que deben ser consideradas.

"Creo que tardaremos más de veinte años en tomar este nuevo rumbo. Si la gente se hace consciente de lo nocivo que puede ser un producto, las empresas tendrás que reaccionar y la sostenibilidad será esencial para competir", arguye.

El primer paso lo ha dado el programa informático Earthster, en el que las empresas comparten la información sobre sus proveedores y sobre el proceder más o menos ecológico de éstos.

Equiparar el respeto al medioambiente a variables como la calidad y la rentabilidad es, de todas maneras, algo que empiezan a realizar algunas empresas en los países más desarrollados, pero es difícil todavía pedir ese mismo criterio a los mercados emergentes.