La incidencia de dislexia en los Estados Unidos es alarmante, y continúa aumentando. Algunos hasta argumentan que estos altos niveles de dislexia se deben a la contaminación ambiental y de los alimentos, o a los efectos nocivos de substancias químicas en algunas medicinas, vacunas, etc.
Según las estadísticas, este desorden de aprendizaje afecta, por lo menos, entre el 5 y el 15% de la población. Su efecto primario es en el proceso de lectura y deletreo. Pero la dislexia no es causada por deficiencias en la vista, audición, ni por la enseñanza ineficiente en la lectura.
Por el contrario su causa es una deficiencia o funcionamiento irregular de ciertas conexiones en las neuronas (nervios) del sistema nervioso.
El efecto de la dislexia tiene cierta correlación con la edad de la persona. Pero lo interesante es que ese desorden no está vinculado a un bajo coeficiente de inteligencia, osea, no se debe a una inhabilidad o deficiencia intelectual.
Muchos de estos pacientes (Nelson Rockefeller, ex-gobernador de Nueva York, y otros intelectuales) son altamente inteligentes. Desgraciadamente, a veces, el sistema educativo categoriza a estos niños como intelectualmente deficientes. Por tanto, es crucial que los padres, o guardianes, se aseguren que las escuelas ofrezcan a sus niños exámenes diagnósticos acreditados para identificar en qué radica la necesidad o deficiencia de aprendizaje del niño(a).
Recientemente, Jacqueline Miteff, madre de dos niños disléxicos, se comunicó conmigo para compartir como pudo ayudar a sus hijos a superar su limitación en el aprendizaje de la lectura y deletreo. En el 1998 su niño menor, de edad pre-escolar participó en el programa WIN (Working with Interactive Neural-networks, en español, Trabajando con las Redes Neuro-Interactivas) que en toda la escuela elemental logró éxito académico.






