El reloj se colapsó con los ojos abiertos en ceros. La muerte anunciada de la séptima batalla.
Sentencia irrevocable: epitafio mismo: 89-70.
Y las gargantas vomitaron. Las del Staples Center engalanaron el aire de serpientes brillantes, doradas, púrpuras, blancas. El tsunami pacífico de la victoria.
El domo se vistió de reflejos, los lasers hurgaron los rincones del escenario, y la música retumbaba, pero como coro secundario, como murmullo apenas, como karaoke detrás del delirante alarido de los 18,997 testigos que acusaban de recibido el pase de los Lakers a las finales de la Conferencia Oeste.
Había sido más que los 48 minutos oficiales, más que las tres horas de sufrimiento, más que las siete visitas a los templos de la incertidumbre, había sido más el tiempo de la espera.
Por eso, los 18,997 permanecían en sus asientos, esperando, vigilantes, para constatar que al infartarse el cronómetro la esperanza cobrará vida, hasta que sea, como debe ser, inevitablemente, amenazada, azuzada, intimidada, por los Nuggets de Denver.
Porque la victoria era también suya. Porque dos horas antes ya tenían sitiado al Coloso de los Sueños de la Figueroa.
Porque aullaron cuando los invasores, los ansiosos de susurpar sus ilusiones, fallaban como lo hizo Ron Artest al intentar tiros de tres puntos, que ni siquiera tocaban las faldas andrajosas de los aros; y cuando Luis Scola perdía una, y otra también, ante el león barbudo, ayer irreconocible de garra, Pau Gasol.
Porque aullaron cuando Trevor Ariza, con su silenciosa modestia emergía para ser el que definía.
Y por supuesto, aullaba cuando Kobe Bryant, ayer sin la opulencia del frac, con la ordinariez del overol, fue uno más en la gesta, y sumiso, solidario aceptó el rol.
Porque aunque llegaban engalanados con el amarillo de siempre, ese que por linaje, que por alcurnia se impone y se respeta, sabían que la historia no estaba escrita y que los de la duela, necesitaban de su ayuda para escribirla.
Y el Staples Center fue el rostro de esta ciudad. El reflejo de Los Ángeles. La identidad urbana de su cosmopolita aureola.
Porque en la tribuna se mezcla la estirpe de Hollywood, y donde cabe Jack Nicholson, Dustin Hoffman, George López, Denzel Washington y tantos más, cabe, en el precipicio del palomar, el anónimo, el que se multiplica al infinito en el directorio telefónico, ahí en las alturas donde el boleto tiene precio por lo que vale y no por lo que cuesta.
Y porque viven, sudan, empujan, apuestan, lamentan, se unen, se asustan, se reconfortan, hombro con hombro, los hijos de todas las razas, los hijos de todos los pueblos, los hijos de todos los credos, porque si primero son angelinos, al final, inevitablemente son de Lakers… y como ellos, están también en la final de la Conferencia, y quieren, a su manera, una rebanada, la mayor, la única, del último pastel, el del título de la NBA.