SAN FRANCISCO.— El futbol es una patria peregrina, flotante, migrante… y sin banderas.
Sin embargo, el futbol es dueño de todas las banderas, de todas las camisetas y de todas las pasiones volubles.
Si no, cómo explicar, cómo clasificar, a un tipo aguardentoso, con la cerveza, esa "última y nos vamos", y que al final será una más, aferrada a la mano, que con una camiseta del Barcelona vocifera voz en cuello, con las modulaciones rotas del alcoholizado: "Arriba el América, Chivas hijas de su pin… madre".
Tal desdoblamiento de personalidad, con el furor por americanista, el eventual adulterio con el América y el auténtico vomitivo del sermón antichiva.
Cuando el plumaje propio está más dañado que la madre metafórica del acérrimo rival, habrá que refugiarse en el guapo de moda, el Barcelona, para tener la autoridad moral del hábito, que no se hace al monje, y así profanar el ya profanado honor rojiblanco.
O cómo definir al que le responde, con la camiseta rojiblanca del recuerdo, ya hecha jirones, de tan anciana, manipulada y desteñida de tiempo y devaluada de obsceno oportunismo, cuando esgrime, con un tono de barítono y de gañote profundo y etílico: "Pero somos campeonísimos y somos tu padre, hijos de ‘Chabuelo’", como si invocar a los fantasmas desde su límbico reposo junto a los trofeos en casa de Jorge Vergara, bastara para restañar el linaje herido de su presente.
Lo cierto es que el milagro de la multiplicación de los peces azulgranas supera a los envinados rojiblancos, en la espectacular fosa del Candlestick Park.
Y mientras los feligreses de la mayor doctrina mexicana, la del Rebaño, apuestan con la embriaguez inofensiva de la ilusión, que vengarán el 5-2 que hace justamente un año le tatuó en la frente el Barcelona, los otros, los disidentes, legítimos o postizos, auténticos o apócrifos, sonríen de lado, como cuando el gato maldito, malicioso y maloso, deja que el ratón se ilusiono con la media libra de queso que de tragársela le hará estallar.















