SAN DIEGO.— El 0-0 no engaña. Es elocuente. Queda como símbolo inequívoco de impotencia, de inoperancia.
Eso fue la selección mexicana ayer, al final de los 90 minutos del partido amistoso ante Guatemala en el Qualcomm Stadium, de cuyas gradas bajaron los abucheos, los silbidos y los gritos de "…ulerooos, …ulerooos", como el castigo ominoso para el Tri.
Con el privilegio de esos 30,684 desprivilegiados testigos, Javier Aguirre hizo un nuevo ensayo: nueve cambios respecto a Venezuela, y el saldo fueron algunos arrumacos con el gol que sólo dejaron alaridos colgados de las gargantas abiertas a la fiesta, y que al final terminaron germinando bostezos.
Y si el Tri tenía estrabismo al rematar, como némesis apareció el guardameta de Guatemala, Ricardo Trigueño, quien congeló remates en la boca de gol de la seca artillería mexicana.
Así, con muchas dudas y no menos deudas, el Tricolor confrontará la Copa de Oro, ante Nicaragua, en el arranque.
AL TIMÓN…
México tenía el mando. Reflejo de más trabajo de campo. Una memoria táctica recién adquirida. En eso, con eso, rebasaba a Guatemala, cuya memoria futbolística está llena de tragedias que la han puesto en el limbo del futbol.
Pero los chapines aportaban lo elemental: compromiso, deseos y el recurso del talento individual. Como sinodal era útil, además del fortalecimiento de tener dos veces de rodillas al Tri en la era Hugo Sánchez, única remembranza dulce de su vía crucis por la Concacaf.
El "Vasco" Aguirre confirmaba su arenga del vestidor: testosterona y adrenalina era la mezcla primaria de su grupo.
Codiciando la victoria y el perfeccionamiento, el Tricolor se mostraba del consignado 4-3-3 a un pujante 3-4-3 o un 3-1-3-3, que le daba autoridad en media cancha, paseo de pelota, profundidad, pero sin poder ponerle el moño al regalo que la tribuna salivaba.
Con Omar Arellano regresando a sus orígenes, por izquierda, retrasado, dialogando con el "Venado" Medina, pero sin que "Chema" Cárdenas entrara en sociedad metros adelante.
Hace años que México no jugaba con tres contenciones, no nominales, pero sí como parte del precepto angular de Javier Aguirre: "Si la pelota no es tuya, recupérala".
Sin embargo, esforzados, concentrados, los laterales no ofrecen la cicuta para envenenar a una fortaleza chapina, acorazada hasta con cinco hombres en el fondo y cuatro de infantería.
Evolucionando ante un equipo menos bisoño, pero menos trabajado que Venezuela, el Tri contiene a Guatemala, que en medio de la llovizna, sin riesgo de gripa, en su área, tiene la mejor posibilidad de gol a los 31’, cuando Tránsito Montepeque, en la frontera del área, rebasando a la desatenta zaga tricolor, mete el zapatazo que ataja José de Jesús Corona.
Como conseja divina, el Tri aprieta, pero no ahorca. El dominio sólo acogota de delirio sofocado a una tribuna salpicada de verde, en la que sólo comparecen una decena de banderas de un ciento de aficionados guatemaltecos.
Prueba de ello es que al 44’ el "Venado" penetra por derecha, sirve con ponzoña, Omar Bravo no llega y el disparo, cerrando a segundo poste, de Omar Arellano, es desviado por Trigueño.
Al reposo y el 0-0 sobrevive con pies de barro, pero nadie se atreve a zancadillearlo.
EN DECLIVE…
Urgido de productividad, México ingresa a Pablo Barrera por Omar Arellano y a Israel Martínez por Fausto Pinto.
Unos minutos de acomodo le cuestan a México el control del juego, aunque Guatemala no prospera en sus enlaces, y cuando por fin el "Jaeger" y Barrera van encontrando sincronía con el resto, aparece Ricardo Trigueño Foster. El arquero del Deportivo Petapa congela los disparos mexicanos a los 52’, 53’ y 54’, los dos primeros del "Venado" y el tercero de Bravo, todos en el vestíbulo del gol.
Merodeando la casa, peor sin hurtar el botín, Aguirre determina reposo para Bravo y encomienda a Miguel Sabah, al 61’, para que rompa el cascarón chapín, y en especial la galleta de la fortuna de Trigueño.
El juego entra en un pacto. Los guatemaltecos renuncian a una tercera hazaña, y México a tratar de rescatar la máscara y la mascarada de un gol, pero de nuevo, a los 76’ y 78’, Trigueño ataja disparos de Cárdenas y Sabah.
Cómplices de fatiga y desorden, los jugadores de ambos equipos se confabulan para el peloteo insulso. México ejerce la burocracia del toque inocuo, mientras que los chapines recuperan el balón con dificultad y lo pierden sin decoro.
Así, el juego se diluye en el vergonzoso epitafio del 0-0, y cuando el silbante Mauricio Navarro baja el telón, los 30,684 pasan la factura de la hiel acumulada: silbidos, abucheos, mentadas de madre y el populachero estigma de "…ulerooos, …ulerooos", a quienes decepcionan.