El vencedor se va vencido, y el vencido, vencedor. La belleza estimulante del futbol estriba ahí: en la palabra falsa, viperina de la lógica, que sucumbe ante la expresión honesta, plena, del jugador de futbol.
El funeral del Cruz Azul, casi tumultuoso, casi general, casi irreversible, tuvo lugar el jueves.
Nadie creía en la capacidad de reacción de la Máquina, y menos ante un Toluca que si no toleraba en su cancha la reacción, menos la resurrección de nadie.
Percudida, mancillada por equivocaciones arbitrales, al final esta final sobrevive por la lección inmaculada del futbolista.
Más allá de las estrategias, del esfuerzo de ajedrecista de cada entrenador, queda expuesta, tras la manifestación en Toluca, que los títulos los ganan y los pierden los jugadores.
En medio de sus tormentas demenciales que opacan y taladran su sabiduría futbolística, la reflexión de Ricardo La Volpe, de ser suya, habida cuenta de su avidez por el plagio conceptual, cobró validez: "Trabajo toda la semana: si fue útil o no, depende de los jugadores, no de mí".
Porque el Cruz Azul condenado, ejecutado, embalsamado, cremado además, y después sepultado, que, supuestamente, simplemente, peregrinaría como trofeo ajeno y viviente en el Nemesio Díez, se rebeló a su destino y se reveló como la reivindicación entre las cenizas de sus propias debilidades.
Parecía, simplemente, como si hubieran cambiado de camisetas.
Los colosos del juego de ida y los irresponsables vividores, cambiaron los roles.
Toluca, coronado, alabado, bendecido como nuevo monarca del futbol mexicano desde el jueves, de manera precipitada, ayer fue una sombra pálida, angosta incluso, del equipo casi perfecto que se metió a atracar y llevarse el botín del Estadio Azul.
Ayer, Cruz Azul recuperó la dignidad perdida. Se metió a la llamada Caldera del Diablo a dar una demostración mayúscula de sus alcances, del poderío de sus jugadores cuando son capaces de detonar al máximo la capacidad de sus neuronas y de sus hormonas.
Talento y testosterona permitieron a Cruz Azul cobrar la factura con la misma cifra: 2-0, con un beneficio extra: lo hizo aun con 10 hombres desde el minuto 73, al salir César Villaluz lesionado.
La lección va más allá de la coronación del Toluca, de los elogios a Hernán Cristante, del penal errado por un asustado Alejandro Vela, de los berrinches del "Chepo", de la serenidad de Galindo, de los errores arbitrales de Roberto García Orozco, pifias contra ambos bandos, sin dejar de lado los dos metros que se come el portero lucifer para detener el penalti de la consumación.
La lección es para el jugador, que se puso en evidencia y puso en evidencia que no hay resultado escrito, ni derrota anticipada, ni victoria consumada, sin el precioso desafío, el bellísimo privilegio de los 90 minutos.
Cruz Azul no debe avergonzarse de haber perdido el título, menos tras haber ganado la final 0-2 y conquistar lo imposible, aparentemente: un global de 2-2.
Pero Cruz Azul sí debe avergonzarse de no haber mostrado en los primeros 90 minutos, los jugados en el Azul, toda esa arrogante, en el buen sentido, actitud de conquista con la cual jugó en Toluca.
Ésa es una lección para todos los que se van quedando en el camino, quejumbrosos, tirados en el campo de batalla, mascullando sus carencias, sus debilidades, sus impotencias, al culpar al árbitro, al clima, a la altura, al balón, a los recogebolas, a la prensa, al pasado, de sus desavenencias, de sus fracasos.
Con toda la indignidad ignominiosa con la que Cruz Azul fue vencido en el duelo de ida, este domingo ha merecido la reivindicación por la redención de sus propios pecados.
El futbolista lamentablemente es así. Es hijo de sus emociones, de las de sus compañeros y de la de sus técnicos y directivos.
Es un ser humano más sensible a contagiarse de los temores, de las dudas, de la incertidumbre, de los juicios ajenos, de los prejuicios, del pánico a lo posible y a lo imposible.
Un vestidor con una manzana podrida se contamina a la velocidad de la luz.
Por eso Cruz Azul tuvo apenas tiempo de lamerse las heridas del 0-2, para responder en Toluca con otro 0-2.
Los Cementeros del domingo bien podrían haber campeado en el torneo completo sin que nadie les ripostara. Un equipo así puede ser dominante de un torneo completo y alzar la copa.
Ayer dejaron en claro que el peor enemigo de Cruz Azul, como el de muchos equipos, como los del resto que se quedaron en el camino, está dentro de ellos mismos, dentro de su propio camerino, dentro de sus propios y débiles espíritus.
Por eso tal vez, porque la cancha cobra y la cancha paga, por eso tal vez, no merecieron al final ser campeones, porque decidieron comportarse como tales en la última cita, pero sólo hasta la última cita, y no fue suficiente.
Dos veces subcampeones puede ser un galardón para conformistas, puede ser un blasón para los que retozan con un segundo lugar, sin darse cuenta que, después del primero, todos son harina del mismo costal de la mediocridad. Tanto para ese segundo, como para el último de la tabla, sólo cambian las estadísticas, pero no la dimensión del fracaso.
¿Toluca? Hizo lo suyo, pero por momentos flaqueó ante el empuje del que regresó de la tumba. Con el sostén de Cristante levanta otra copa para ratificar, simplemente, que para ser campeones el arquero debe ser más que un buen atajador, debe ser un afortunado, líder, y respetado por rivales y por árbitros.
La gloria eterna es del Diablo. El arrepentimiento eterno, de Cruz Azul.
¿Toluca? Hizo lo suyo, pero por momentos flaqueó ante el empuje del que regresó de la tumba. Con el sostén de Cristante levanta otra copa para ratificar, simplemente, que para ser campeones el arquero debe ser más que un buen atajador, debe ser un afortunado, líder, y respetado por rivales y por árbitros.
La gloria eterna es del Diablo. El arrepentimiento eterno, de Cruz Azul.




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