Con toda la indignidad ignominiosa con la que Cruz Azul fue vencido en el duelo de ida, este domingo ha merecido la reivindicación por la redención de sus propios pecados.

El futbolista lamentablemente es así. Es hijo de sus emociones, de las de sus compañeros y de la de sus técnicos y directivos.

Es un ser humano más sensible a contagiarse de los temores, de las dudas, de la incertidumbre, de los juicios ajenos, de los prejuicios, del pánico a lo posible y a lo imposible.

Un vestidor con una manzana podrida se contamina a la velocidad de la luz.

Por eso Cruz Azul tuvo apenas tiempo de lamerse las heridas del 0-2, para responder en Toluca con otro 0-2.

Los Cementeros del domingo bien podrían haber campeado en el torneo completo sin que nadie les ripostara. Un equipo así puede ser dominante de un torneo completo y alzar la copa.

Ayer dejaron en claro que el peor enemigo de Cruz Azul, como el de muchos equipos, como los del resto que se quedaron en el camino, está dentro de ellos mismos, dentro de su propio camerino, dentro de sus propios y débiles espíritus.

Por eso tal vez, porque la cancha cobra y la cancha paga, por eso tal vez, no merecieron al final ser campeones, porque decidieron comportarse como tales en la última cita, pero sólo hasta la última cita, y no fue suficiente.

Dos veces subcampeones puede ser un galardón para conformistas, puede ser un blasón para los que retozan con un segundo lugar, sin darse cuenta que, después del primero, todos son harina del mismo costal de la mediocridad. Tanto para ese segundo, como para el último de la tabla, sólo cambian las estadísticas, pero no la dimensión del fracaso.