Ayer, Cruz Azul recuperó la dignidad perdida. Se metió a la llamada Caldera del Diablo a dar una demostración mayúscula de sus alcances, del poderío de sus jugadores cuando son capaces de detonar al máximo la capacidad de sus neuronas y de sus hormonas.

Talento y testosterona permitieron a Cruz Azul cobrar la factura con la misma cifra: 2-0, con un beneficio extra: lo hizo aun con 10 hombres desde el minuto 73, al salir César Villaluz lesionado.

La lección va más allá de la coronación del Toluca, de los elogios a Hernán Cristante, del penal errado por un asustado Alejandro Vela, de los berrinches del "Chepo", de la serenidad de Galindo, de los errores arbitrales de Roberto García Orozco, pifias contra ambos bandos, sin dejar de lado los dos metros que se come el portero lucifer para detener el penalti de la consumación.

La lección es para el jugador, que se puso en evidencia y puso en evidencia que no hay resultado escrito, ni derrota anticipada, ni victoria consumada, sin el precioso desafío, el bellísimo privilegio de los 90 minutos.

Cruz Azul no debe avergonzarse de haber perdido el título, menos tras haber ganado la final 0-2 y conquistar lo imposible, aparentemente: un global de 2-2.

Pero Cruz Azul sí debe avergonzarse de no haber mostrado en los primeros 90 minutos, los jugados en el Azul, toda esa arrogante, en el buen sentido, actitud de conquista con la cual jugó en Toluca.

Ésa es una lección para todos los que se van quedando en el camino, quejumbrosos, tirados en el campo de batalla, mascullando sus carencias, sus debilidades, sus impotencias, al culpar al árbitro, al clima, a la altura, al balón, a los recogebolas, a la prensa, al pasado, de sus desavenencias, de sus fracasos.