El vencedor se va vencido, y el vencido, vencedor. La belleza estimulante del futbol estriba ahí: en la palabra falsa, viperina de la lógica, que sucumbe ante la expresión honesta, plena, del jugador de futbol.

El funeral del Cruz Azul, casi tumultuoso, casi general, casi irreversible, tuvo lugar el jueves.

Nadie creía en la capacidad de reacción de la Máquina, y menos ante un Toluca que si no toleraba en su cancha la reacción, menos la resurrección de nadie.

Percudida, mancillada por equivocaciones arbitrales, al final esta final sobrevive por la lección inmaculada del futbolista.

Más allá de las estrategias, del esfuerzo de ajedrecista de cada entrenador, queda expuesta, tras la manifestación en Toluca, que los títulos los ganan y los pierden los jugadores.

En medio de sus tormentas demenciales que opacan y taladran su sabiduría futbolística, la reflexión de Ricardo La Volpe, de ser suya, habida cuenta de su avidez por el plagio conceptual, cobró validez: "Trabajo toda la semana: si fue útil o no, depende de los jugadores, no de mí".

Porque el Cruz Azul condenado, ejecutado, embalsamado, cremado además, y después sepultado, que, supuestamente, simplemente, peregrinaría como trofeo ajeno y viviente en el Nemesio Díez, se rebeló a su destino y se reveló como la reivindicación entre las cenizas de sus propias debilidades.

Parecía, simplemente, como si hubieran cambiado de camisetas.

Los colosos del juego de ida y los irresponsables vividores, cambiaron los roles.

Toluca, coronado, alabado, bendecido como nuevo monarca del futbol mexicano desde el jueves, de manera precipitada, ayer fue una sombra pálida, angosta incluso, del equipo casi perfecto que se metió a atracar y llevarse el botín del Estadio Azul.