Si bien adicto al futbol práctico, pero con vertiente ofensiva, lo cierto es que "Chepo" debió renunciar a sus pretensiones y dedicarse a sumar puntos.

Rico en referencias ajenas desde diferentes banquillos, apostó con una versión híbrida entre los cánones de los lapuentistas, pero con salidas más verticales de los hombres de apoyo al frente.

No sólo el equipo empieza a funcionar, sino que asoman los baluartes de su columna vertebral: Cristante, Da Silva, Zinha y Mancilla, respaldados espléndidamente por tipos devotos y comprometidos.

¿Herencia entonces de la mano de José Pékerman?

Tal vez, más bien herencia del trabajo correcto de otras directivas, especialmente del legado de Rafael Lebrija.

Así, a la final llegan un equipo esforzado, revitalizado con la fe en sí mismo, y con una dosis de fortuna, suficiente apenas, para poder conseguir victorias ante dos equipos que aparentemente les rebasaban: Pumas y Atlante.

El Toluca, con una solidez, muy estricta en recorridos, muy ávida de la pelota, terminó por matar con una pasmosa contundencia a los Tecolotes y a Santos, el campeón mexicano vigente.

Por consistencia futbolística, sería necesario apostar ciegamente por el Toluca.

Oficio es un término que los Diablos Rojos magnifican dentro de la cancha.

Sin embargo, en Cruz Azul, hay espíritu de conquistador, de ése que sabe que lo que no tiene se lo dará finalmente la fortuna, los deslices de la adversidad e incluso los tropiezos del rival.

El árbitro Paúl Delgadillo es el juez del partido de ida: curioso: no le pitó un solo juego a Cruz Azul en el torneo, fortaleciendo la versión de que había sido vetado por la directiva celeste, y de frente, ante el equipo que más ha lloriqueado, falsamente, las crueldades arbitrales, puesto que sólo tiene tres expulsados en el torneo.