Cuando la paciencia gastaba las últimas gotas en las vísceras de sus dirigentes, De la Torre y Galindo retocaron su forma de juego y su forma de mando.

Entonces todo cambió.

Cruz Azul fue sacudido en el vestidor. Galindo acabó con los medrosos, los conformistas, los desidiosos, los traidores pasivos que dejan que el destino les llegue, en lugar de salir a su conquista.

Y la Máquina empezó a funcionar como tal.

Es un equipo de armado muy complejo que se simplifica de manera grata dentro de la cancha, con el respaldo tranquilizador de una banca experimentada y/o con calidad.

Irónicamente, los cambios en Cruz Azul giran en torno a un referente: César Villaluz, quien mientras permaneció escondido, víctima moral y espiritual del fracaso preolímpico en Carson, arrastró en esa gira por el limbo al equipo.

Cuando Villaluz recupera sus valores, Cruz Azul es otro y empieza a entrar en sintonía con el grupo que esperaba el regreso de su conductor en la época de Markarián.

Galindo estimuló las fibras sensibles de sus jugadores y salvó todo, incluyendo su propia cabeza, al grado de cerrar con un punto más su primer año como técnico de Cruz Azul, respecto al primer año de Markarián, pero además llegando a la final y sin perder el derecho a seguir jugando en la nefasta Concachampions.

Lo del "Chepo" con Toluca fue más drástico, más enérgico, con mayor brusquedad, pero igual o más efectivo.

Toluca abrió como un equipo muy agradable, con un futbol de inesperadas variantes al ataque, serio incluso, jugando bien al futbol, sobreponiéndose a la ausencia de Zinha por lesiones.

Sin embargo, sin contundencia, toda la pulcritud con el balón se resquebrajaba ante la imposibilidad de firmar victorias y puntos porque hasta como visitante lucía poniendo en aprietos a quien pensaba que encontraría el camión escarlata colgando de la portería.