Más que candidatos a la fiesta suprema del futbol mexicano, parecían comparsas destinados a naufragar en la parte baja de la tabla.
Los dos, Toluca y Cruz Azul, tartamudeaban con números pueriles y sin asomar con argumentos en la cancha como para ser respetables aspirantes al título.
De hecho, en momentos determinados, Benjamín Galindo y José Manuel de la Torre estuvieron con la angustia en la garganta mientras la penduleante guadaña se mecía hambrienta de sus pescuezos.
Sus equipos no caminaban.
Cruz Azul era un homenaje a la inconstancia y a la orfandad de solidez colectiva.
Toluca, mientras tanto, deambulaba sin gol y con una inexplicable fragilidad defensiva que era disfrazada, irónicamente, por esos arbitrajes que tanto ha vilipendiado, toda vez que los Diablos han sido los más bendecidos por expulsiones como visitantes y en número total en el torneo mexicano.
En momentos de crisis, los dos reaccionaron ante estímulos y amenazas distintas, especialmente porque en las tribunas de los estadios, donde hoy se corea su nombre con respeto y agradecimiento, se llegó, reiteradamente, a convertir en murmullo la súplica por su despido.
Galindo tenía a cuestas la herencia inmediata de un Cruz Azul subcampeón dejada por Sergio Markarián, con la agravante de atender además el enfadoso y aborrecido torneo de la Concachampions.
De la Torre, en condiciones más indulgentes, heredaba un estilo de juego poco simpático, de escasa convocatoria, como el de José Pékerman.
Irónicamente, tanto Markarián como Pékerman desecharon cualquier indicio de negociación para alargar el contrato con sus clubes mexicanos, y mejor pagados de lo que habían sido en su anterior vida deportiva, viven de sus rentas, sin trabajo y sin propuestas claras para volver a dirigir.
Cuando la paciencia gastaba las últimas gotas en las vísceras de sus dirigentes, De la Torre y Galindo retocaron su forma de juego y su forma de mando.
Entonces todo cambió.
Cruz Azul fue sacudido en el vestidor. Galindo acabó con los medrosos, los conformistas, los desidiosos, los traidores pasivos que dejan que el destino les llegue, en lugar de salir a su conquista.
Y la Máquina empezó a funcionar como tal.
Es un equipo de armado muy complejo que se simplifica de manera grata dentro de la cancha, con el respaldo tranquilizador de una banca experimentada y/o con calidad.
Irónicamente, los cambios en Cruz Azul giran en torno a un referente: César Villaluz, quien mientras permaneció escondido, víctima moral y espiritual del fracaso preolímpico en Carson, arrastró en esa gira por el limbo al equipo.
Cuando Villaluz recupera sus valores, Cruz Azul es otro y empieza a entrar en sintonía con el grupo que esperaba el regreso de su conductor en la época de Markarián.
Galindo estimuló las fibras sensibles de sus jugadores y salvó todo, incluyendo su propia cabeza, al grado de cerrar con un punto más su primer año como técnico de Cruz Azul, respecto al primer año de Markarián, pero además llegando a la final y sin perder el derecho a seguir jugando en la nefasta Concachampions.
Lo del "Chepo" con Toluca fue más drástico, más enérgico, con mayor brusquedad, pero igual o más efectivo.
Toluca abrió como un equipo muy agradable, con un futbol de inesperadas variantes al ataque, serio incluso, jugando bien al futbol, sobreponiéndose a la ausencia de Zinha por lesiones.
Sin embargo, sin contundencia, toda la pulcritud con el balón se resquebrajaba ante la imposibilidad de firmar victorias y puntos porque hasta como visitante lucía poniendo en aprietos a quien pensaba que encontraría el camión escarlata colgando de la portería.
Si bien adicto al futbol práctico, pero con vertiente ofensiva, lo cierto es que "Chepo" debió renunciar a sus pretensiones y dedicarse a sumar puntos.
Rico en referencias ajenas desde diferentes banquillos, apostó con una versión híbrida entre los cánones de los lapuentistas, pero con salidas más verticales de los hombres de apoyo al frente.
No sólo el equipo empieza a funcionar, sino que asoman los baluartes de su columna vertebral: Cristante, Da Silva, Zinha y Mancilla, respaldados espléndidamente por tipos devotos y comprometidos.
¿Herencia entonces de la mano de José Pékerman?
Tal vez, más bien herencia del trabajo correcto de otras directivas, especialmente del legado de Rafael Lebrija.
Así, a la final llegan un equipo esforzado, revitalizado con la fe en sí mismo, y con una dosis de fortuna, suficiente apenas, para poder conseguir victorias ante dos equipos que aparentemente les rebasaban: Pumas y Atlante.
El Toluca, con una solidez, muy estricta en recorridos, muy ávida de la pelota, terminó por matar con una pasmosa contundencia a los Tecolotes y a Santos, el campeón mexicano vigente.
Por consistencia futbolística, sería necesario apostar ciegamente por el Toluca.
Oficio es un término que los Diablos Rojos magnifican dentro de la cancha.
Sin embargo, en Cruz Azul, hay espíritu de conquistador, de ése que sabe que lo que no tiene se lo dará finalmente la fortuna, los deslices de la adversidad e incluso los tropiezos del rival.
El árbitro Paúl Delgadillo es el juez del partido de ida: curioso: no le pitó un solo juego a Cruz Azul en el torneo, fortaleciendo la versión de que había sido vetado por la directiva celeste, y de frente, ante el equipo que más ha lloriqueado, falsamente, las crueldades arbitrales, puesto que sólo tiene tres expulsados en el torneo.
La diferencia es que este Cruz Azul no sabe defenderse y Toluca no suelta prenda en su terreno y aguarda con paciencia desesperante un parpadeo, que no necesariamente un error, del adversario.
http://blogs.impre.com/marcador/