Alex Rodríguez muestra al público el trofeo de la Serie Mundial que ganaron los Yankees al vencer a los Phillies. Foto: Elise Amendola/AP
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A-Rod sabía, desde el momento en que admitió el pasado mes de febrero haber utilizado sustancias prohibidas durante su paso por Texas, que para triunfar en esta campaña debería trabajar el doble para recuperar la confianza de los aficionados y del equipo mismo, que sin embargo, siempre lo apoyó.

Y para completar, vino la lesión de su cadera, que puso en peligro el proyecto que se habían trazado los Yankees.

Pero la operación y los días de recuperación obraron un cambio significativo en la vida del gran toletero quisqueyano.

El sabía que con su talento no era sabio echarse todo el peso de la responsabilidad del equipo sobre sus hombros. Decidió creer más en sus compañeros, optó por estar más relajado al momento de batear e incluso su vida personal, afectada por un difícil divorcio y varios litros de tinta en las páginas de espectáculos de los diarios, logró estabilidad al lado de la actriz norteamericana Kate Hudson.

Y de la mano de un ‘nuevo’ Alex, estos Yankees del 2009 tenían un aire diferente: una novena que salía al terreno de juego a divertirse, a jugar bien a la pelota, y con una filosofía emanada de su manager, Joe Girardi, de no darse por vencido nunca. Fue así como juego tras juego, los ahora campeones mundiales fueron moldeando un carácter que cada vez más se asimilaba al de aquel equipo del 1998 que lo ganó todo, y que es catalogado como uno de los mejores de la historia.

Es cierto, Hideki Matsui ganó el premio al Más Valioso de la Serie Mundial; Andy Pettitte logró las victorias que sellaron las series ante Minnesota, Anaheim y Filadelfia; Mariano volvió a ser el pitcher dominante; Derek Jeter no desentonó nunca; pero estos campeones del 2009 no habrían celebrado de no haber sido por un hombre: Alex Rodríguez.