Con la estirpe del que sabe que es el mejor, que puede patentar que es el mejor, pero que no siempre quiere ser el mejor, aunque deba serlo, los Lakers de Los Ángeles terminaron en agonía la noche de su aparición como campeones vigentes de la NBA ante un abarrotado Staples Center.
Al jugarse los primeros minutos del último cuarto, y al cierre de esta edición, el quinteto oro-púrpura sometían a los Clippers con pizarra de 83-94.
En una noche en que Kobe Bryant se dedicó a deslumbrar, Ron Artest a garantizar, con el aporte generoso pero inconsistente de Lamr Odom y Andrew Bynum, con evidente peso por la ausencia del español Pau Gasol, el equipo de Phil Jackson pasó de un excepcional primer cuarto (con pizarra de 32-22) a un segundo parcial de equilibrio (27-27) a un humillante tercer período (17-26).
Al cierre, Kobe con 28 puntos y Bynum con 23, capitaneaban a los oro-púrpura ante sus vecinos incómodos, cuyos mejores hombres eran Chris Kaman y Eric Gordon, con 16 unidades cada uno.
ANILLOS DE GLORIA…
Antes de la batalla se vivió la condecoración de anteriores y fragorosas batallas.
La gloria vive en estado de gracia. Es lo único que sobrevive en el santuario universal de la inmortalidad.
La gloria. Se refrenda. Se archiva. Se eterniza. Se olvida. Y renace porque vive en soliloquio con la restauración fidedigna de la memoria.
Y anoche el Staples Center se llenó del árbol genealógico de la gloria, de la inmortalidad misma, al desfilar los 15 años de dominio de Lakers en la NBA.
El epicentro de la jornada victoriosa en la temporada 2008-2009, el ecuador del Staples Center, se fue poblando de quienes han dejado sangre y sudor y lágrimas, en las páginas labradas de linaje de los oro-púrpura.
Era la noche del reencuentro. Noche de regreso. Noche de refrendo. Noche de herencia.
La estrella 15 aún cintila rebosante, vigorosa, y la número 16 ya se empieza a gestar.
Y también, ante los vecinos incómodos, ante los remozados y prometedores Clippers, llegaba el momento de empezar a cumplir la promesa hecha el pasado 17 de junio cuando, en el núcleo del Olimpo de tantas hazañas deportivas mundiales, en el Memorial Coliseum, los jugadores angelinos hicieron un juramento, una cita, un compromiso: ser campeones nuevamente un año después.
Y así comprometerse a reencontrarse en junio próximo otra vez, con la estrella 16 en el firmamento de su propia historia, para festejarla en el mismo lugar, por el mismo motivo… y quizá ante la misma gente.
Y el desfile de la unción había llegado.
Magic Johnson y Kareem Abndul Jabbar habían recogido el granizo efusivo, empalagoso de una afición que se bañaba gustosa en dos aguas, la de resucitar la conquista de junio pasado, y la de la certeza precipitada, o anticipada, de la conquista deseada para junio próximo.
Uno a uno fueron recogiendo el anillo restringido a los colosos que habían recorrido el sinuoso camino al título de la NBA, luego de sepultar a Magic en Orlando.
Y sabían, todos, que al recibir el memorable y minúsculo aro, refrendaban el mayúsculo compromiso de cinco meses atrás.
La sinfonía perfecta, armonizada, estruendosa, entre ovaciones y aplausos, fue un coro in crescendo, desde el reconocimiento a Phil Jackson quien finalmente conseguía el décimo anillo, el que hacía falta para ese dedo desnudo y arrobado ante la ostentación de los nueve hermanos vestidos de minúsculas guirnaldas en oro.
Pau Gasol estremeció el recinto y Derek Fisher, puso las notas de histeria, hasta que apareció el caudillo de las misiones imposibles. Sólo el eco galopante de "MVP, MVP, MVP", pudo rebasar esa mezcla bastarda de chillidos, aullidos, chiflidos y aplausos de una tribuna que a su modo trataba de ofrendar el mejor ruido para que Kobe Bryant, aquel que les juró amor eterno, supiera que era correspondido.
En la rotonda de los ilustres, uno asumió el diálogo, breve, conciso, sin recovecos, sin rebuscamientos, como si estuviera en la duela, directo al aro.
"Es una noche especial para todos. Es una noche especial, imposible sin ustedes", dijo dirigiéndose a los 18,997 testigos de la tribuna.
"Estamos de regreso y recordamos que prometimos ganar otro título".
Vítores bajo la danza enloquecida de los lasers.
Era tiempo de guerra.
Los músculos y las pasiones, entumecidos de reposo y de escaramuzas y simulacros de pretemporada, reclamaban duela y duelo.
Todo listo. Incluído el rival, los Clippers, el sinodal… que pondría a sufrir a los Lakers en su majestuosa arrogancia.