Un resultado no describe, necesariamente, un rendimiento. En este caso el triste empate de Chivas sobre Indios, por encima de la estreñida condena del 2-2, habrá de poner a contraluz a los rojiblancos, fracturados emocionalmente.
Partamos de una primera acotación: si hubo un equipo hambriento, motivado, rabioso, en la cancha, fue Indios y no Chivas. Los primeros entienden su crisis, los segundos se acostumbraron a ella, a vivir dentro de ella, cómodos, como en el útero evasivo, elusivo y protector de su fracaso.
Quedaba claro que José Luis Real llegaba desarmado al relevo de Raúl Arias con el Guadalajara.
Sólo tenía un recurso: el verbo jactancioso, estremecedor, de narrarles a los jugadores la trascendencia del resultado.
Porque de la crisis de Chivas, vale insistir, no hay inocentes, ninguno. Todos han sido y son culpables.
Real sólo podía, dentro de ese perfil respetuoso, conciliador, exigir a los jugadores que se lavaran el fango indecoroso de podredumbre e indignidad que les cubre.
Y por lo visto, fracasó: hay un daño profundo en el plantel, que ha perdido el valor fundamental de un competidor: la fe en sí mismo.
La irresponsabilidad que habita en Chivas es un caso de alta traición en algunas situaciones.
Cierto que el futbolista es víctima de los cambios drásticos y dramáticos de técnico, yendo y viniendo entrenadores entre los cuales ni siquiera hay una peculiaridad que los acerque, esto como reflejo de una ignorancia galopante de sus pastores.
Pero no hay inocentes. Es más, queda claro, su silencio los hace más culpables, los hace más responsables, los hace más condenables. Su silencio no hace mejor a los futbolistas, los convierte en cómplices.
Ya se ha dicho de su fragilidad cuando el barco zozobra. No son ratas que abandonen el navío, pero si ratones asustados que no se atreven a enderezar el curso de su propio Titanic.
Y culpables son los jugadores, los directivos y el cuerpo técnico, que sabiendo los motivos nobles, pero poco masculinos de Ramón Morales para renunciar a la capitanía del equipo, no ejercieron acciones para solucionar las denuncias del jugador.
Ahora es más lamentable si Ramoncito no reveló todo lo que sabe, si se rebeló a su primordial obligación como capitán: exigir soluciones y no claudicar de la manera, tal vez, menos pusilánime, pero no por ello justificable, de entregar el gafete.
Y si Alberto Medina perpetró una indisciplina y fue castigado, debió ocurrir lo mismo con sus socios de orgía, en lugar de permitirles pulular en el anonimato e impunidad.
Y de todos los anteriores problemas y defectos, el culpable supremo es Jorge Vergara.
Y si ya se dijo que Efraín debió adivinar la tempestad y ayudar a detenerla en su nuevo puesto, tampoco fueron honestos Paco Ramírez y Raúl Arias, optando por un silencio que va de la pusilanimidad en el primero, al cinismo en el segundo.
Real tiene poco tiempo para trabajar. Anoche su apuesta fue limitada: la prioridad era sobrevivir. Lo consigue de la manera más paupérrima bendecido por un empate.
Con el 2-1 a su favor, Chivas jugó a lo Arias, pero sin Arias. Echado atrás, desordenado, distraídos algunos jugadores, sin la audacia ni la energía para anticipar y pelear, le alcanzó para someter a un muerto que deambula hasta con la autopsia en la mano, pero que se niega a que le enciendan los cirios.
Con el contragolpe, con una trinchera hija de la desesperación más que de la estrategia, Chivas negoció una segunda oportunidad justo para jugar este sábado una segunda final ante el Atlas.
Lo cierto es que si el marcador mantiene con respiración artificial al Guadalajara en las ilusiones desnutridas de meterse a la Liguilla como segundo de su Grupo 1, los momentos futbolísticos escasearon.
Indios guerreó hasta el final con la desesperación del condenado a muerte, y eso, esa manifestación, puso en evidencia lo apocado, lo timorato del espíritu de estos jugadores que son víctimas de sus propios deslices, de su suicidio emocional, de la agresión de su directiva y rotación de técnico incoherentes entre sí.
Reflejo del momento de Chivas es que por segunda jornada consecutiva le regalan un penalti al "Chicharito" Hernández, y ante Indios lo desperdicia de manera lamentable, y hace necesaria la acción de la Comisión Disciplinaria para castigar de una vez por todas a un notable jugador que ha hecho de la falacia de la farsa su mejor argumento.
Y tal vez es mejor este 2-2, porque una victoria hubiera sido más perniciosa, fraudulenta incluso, un embeleco que hubiera provocado un espejismo entre los rojiblancos.
A la afición de Chivas vale la pena recuperarle un proverbio árabe: "La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía".
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