Javier Aguirre ha dejado algo en claro: esta vez no quiere equivocarse. Ni dentro de la cancha, ni fuera de ella. Ayer, en medio del Simposium Honda de Futbol de Primera, fue grato, de hecho saludable en muchos sentidos, escuchar a Javier Aguirre ir de la revisión sin recato, a los futurismos con cautela.
En tono conciliador en general, sólo clavó un filoso estilete en las costillas expuestas de Jorge Vergara y Rafael Lebrija, con dos confesiones.
"Los que sabemos de esto —futbol, eliminatorias, pasión, presión, Mundial, pelota—, somos los que estamos en la cancha. Los demás, hablan desde donde están", dijo en su exposición a lo largo de poco más de 150 minutos.
Y reveló algo: en la reunión clave de la eliminatoria, Chivas no envió a un representante ante el Consejo de Dueños, y sólo el Guadalajara y el Atlante, porque su representante, muy ocupado como valet de Alejandro Burillo, debió abandonar la escena, sólo estos dos no votaron por el respaldo total a su proyecto. 16 votos a favor y dos abstenciones, y ya se sabe, quien no decide, decide de manera timorata, así que callando, unos por capricho, y otros por huida, terminaron respaldando la propuesta.
Aguirre, ya se ha dicho, tiene en la palabra su principal don como entrenador de futbol, una profesión a la que, insiste, llegó por accidente.
Un hombre educado, defensor de la cultura, creyente de la magia de la literatura como para fundar su propia librería en Madrid, sabe que la palabra, bien encauzada, es decir, manipuladoramente encauzada e intencionada, es capaz de conquistar reinos y provocar guerras.
Sabe qué decir y escoge el cómo, como fundamento especial de su discurso y oratoria, y el dónde, para que un petardo tronado a miles de kilómetros de distancia provoque más ondas expansivas que en el sitio donde se encuentra el blanco.
Aguirre no pierde el encanto del buen charlador, aunque queda claro que tampoco le gusta verse en apuros y sabe que los medios pueden ser un arma de doble filo, y curiosamente relata la anécdota de su hijo Mikel concentrado en pulir sus dones como reportero en ciernes.
En medio de eso que dice sin decirlo, de eso que sentencia sin afirmarlo, Javier Aguirre sabe que vive un momento histórico.
Cierto, de nuevo ha pasado de la zozobra del bomberazo angustiado al héroe de la pantalla chica y del escenario grande como es el Estadio Azteca, haciendo la tarea que Hugo Sánchez nunca quiso hacer, sin saber si hubiera sabido y podido, y que Sven Goran Eriksson nunca supo ni quiso, ni pudo hacer.
Ayer, acepta que ha puesto en carne viva el caudal de valores del futbolista mexicano, del que ya se ha dicho que con lo poco que tiene, de todas las virtudes que a otros les sobran, con eso, y la devoción por la lucha, la audacia ante el desafío, puede alcanzar lo tradicionalmente inalcanzable.
A eso, reconoce Aguirre, le agrega su propia experiencia. Hace más de diez años que empezó a equivocarse como entrenador, y en esa ruta consiguió aciertos constatables en metal, con Pachuca, y sólo plausibles en reconocimiento y por nostalgia, con el Osasuna y el Atlético de Madrid.
Y queda claro que mientras más se equivoca, no se vuelve menos imperfecto, pero sí reduce el margen de experiencias nuevas en las cuales, como él lo dice, meta la pata.
Como complemento, los directivos asustados, temerosos, histéricos, "paniqueados", ya no toman decisiones en el Tri, sino que ahora se entiende, se coordina, sin intermediarios, sin hipocresías, sin dobles discursos, con un solo hombre, como Néstor de la Torre.
Así pues, el escenario parece perfecto para que, finalmente, México trascienda en una Copa del Mundo, más allá del consuelo de unos cuartos de final que dejan inconsolable a la afición, ya inmune, casi indiferente, al apocalipsis del fracaso.
Como el mismo "Vasco" lo dice, no hay nada seguro, no hay garantías, el futbol carece de palabra de honor, y lo que parece inevitable sorprende luego con triquiñuelas irremediables.
Pero esta vez parece no haber trampas. Un grupo de jugadores sensibilizados para no temerle a la victoria, desafiando la maldición sabia de Octavio Paz, además de, necesario reiterarlo, el mejor técnico mexicano en este momento, porque no sólo sobrevive a sus fracasos, sino se mantiene incólume, inalterable ante sus victorias.
Estos aspectos, y que aparentemente hay menos dirigentes sueltos para sabotear, favorecen un horizonte generoso para la selección de México.
Que nada es perfecto, cierto.
Por ejemplo, ayer Aguirre dijo no haber sido notificado de varias decisiones a nivel federativo como el juego de despedida del 16 de mayo en el Estadio Azteca, entre otros detalles que ha ido revelando Justino Compeán a la prensa antes que a Néstor de la Torre y a Aguirre.
Alguien pues demanda un poco de notoriedad luego de tener en años de fracaso, ayuno y desesperanza al futbol mexicano.
Así, Javier Aguirre parece haber cerrado el círculo, y deseable es que dentro no haya quedado uno... o dos, caballitos de Troya.
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