Lo que molesta son los abusos. Y ayer, el de Vicente Matías Vuoso, fue uno lamentable.
Ya se ha dicho aquí que se reconoce el derecho que tienen todos los mexicanos, nacidos o naturalizados, a querer jugar por el Tri.
Es un derecho intocable.
Pero también se ha aclarado que un futbol honesto, auténtico, puro, debe ser capaz de enfrentar con sus armas, las de su crianza, las de su raza, las adversidades del futbol de alta competencia.
Ganar como sea es un principio oscuro, es un principio de tolerancia a la trampa, a buscar atajos, pasadizos, recovecos que prohíjen todo lo que pueda ser chapuza sin que lo parezca.
Si México no puede más con sus mexicanos de raza, pues que crezca, que mejore, que se dignifique, que se supere, que sea gallardo, varonil, honesto, y que se atreva a su propia evolución.
Aceptar ayudas ficticias, disfrazadas, emboscadas, embozadas, mentirosas, de que los naturalizados obran milagros, porque no lo harán, es rendirse, es claudicar, es renunciar, es sacar a la luz el instinto de conquistado, de esclavitud moral y mental.
La FMF miente, Decio de María en especial, y miente Eriksson y miente Leandro, y Vuoso, y Franco, y Zinha, y Caballero, porque todos ellos, juntos y por separado, saben que no son los naturalizados el factor de cambio, no son el detonante que lleve al futbol mexicano a dar el salto de calidad.
Pero ojo, es de insistir, todos ellos tienen el derecho de querer jugar, más aún cuando individuos timoratos prefieren rendirse y perder la fe en sí mismos y en el futbolista mexicano en general, incluyendo a las próximas generaciones.
Se ha dicho y se reitera: para el futbolista naturalizado, la selección mexicana es un plato de segunda mesa.
Todos los mencionados saben que su primera ilusión era jugar por su país, pero no tienen cabida con su país porque, futbolística y espiritualmente, no están a la altura para jugar, según el caso, por Brasil y Argentina.
Y cuando no se pueden sentar a la mesa del banquete de su país, ven al futbol mexicano y a su selección como un plato de segunda mesa con el que se conforman.
No alcanzaron frac, se vestirán entonces con el traje gris de la resignación.
Ellos son y convierten a la selección de México en plato de segunda mesa.
Y quede claro, el Tri, devaluado hasta el sitio 32 de la FIFA, carente de blasones, huérfano de gloria, paupérrimo en hazañas deportivas, no está, aun así, para ser visto con la compasión de quien se come un plato de segunda mesa.
¿Qué tiene que ver Vuoso en todo esto?
Ayer se puso a vender espejitos. Lo peor, la prensa se los compró.
Aquí se ha hablado del poderío de Honduras: del potente biotipo, de notables futbolistas que, cuando quieren, son capaces de perpetuar hazañas, y que el técnico Reynaldo Rueda está tratando de convencerlos de que pueden hacer la diferencia espiritualmente.
Pero escuchar a Vuoso ponderar con ignorancia ante un rebaño de ignorantes, es penoso, lamentable y molesto.
Habla de David Suazo y no se ha dado cuenta que su continuidad en el Inter es aún una incógnita y que apenas jugó ocho minutos en el más reciente juego de preparación.
Y se enfoca en el "Rey David" para hacer más aparatoso un discurso que desborda falta de respeto a él mismo, a la selección mexicana y a la de Honduras, de la cual dice saber tanto y en verdad ignora demasiado.
Desconoce el caso del "Boniek" García, quien finalmente regresa a Honduras al no poder acomodarse en Francia y además, siendo delantero, Vuoso vende baratijas de elogios advenedizos a Honduras cuando tiene problemas graves para consolidar la línea defensiva
Vuoso ignora, por ejemplo, que Palacios es sin duda punto y aparte, cerca de convertirse en un referente en la Premier League. E ignora que De León, Guerrero y Costley, tienen un poderío físico y futbolístico impresionante.
Y con lo que tiene Honduras, pese a sus problemas, que los tiene, los de México son mayores para el duelo del 20 de agosto, y por eso aquí se ha advertido desde hace dos meses del riesgo de un Aztecazo.
Pero Vuoso no tiene derecho a comprar simpatías vendiendo lástimas; no tiene derecho a engatusar ignorantes con el privilegio obsceno de su propia ignorancia.
Así no, Vicente Matías Vuoso, así no, vendiendo espejitos no, que para eso, el mexicano, históricamente, se pinta solo, en esa devoción por el autoengaño y el malinchismo.
Plutarco, escritor griego, en el amanecer del siglo I, escribió que "Los cazadores atrapan las liebres con los perros; muchos hombres atrapan a los ignorantes con la adulación".
Dieciocho siglos después, Paul Ambrose Valery, escritor francés, advertía: "Cuando alguien te lame las suelas de los zapatos, colócale el pie encima antes de que comience a morderte".
Ayer Vuoso empezó a ganarse, ante muchos, el derecho a vestir la camiseta de México, la pagó con la moneda más indigna, la de la lisonja, ésa que humilla tanto al que la usa, como al que la acepta.
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