SANTA CLARA, California.— Uno es dueño de lo que alguna vez el otro fue dueño, y lo perdió, como ocurre con los grandes amores, para siempre.
Uno reposa y rebosa en el nicho que alguna vez fue del otro, que alguna vez nació de la indigencia, de la miseria, del milagro, pero cambiando de cuna, de malos padrastros, ahora se debate entre la muerte final y la muerte en vida.
Hoy el otro, el Atlante, puede decir al uno, a Chivas: "como te ves, me ví", pero deberá agregar, tal vez, que "como yo me veo, nunca te verás".
Porque Chivas hoy ocupa un sitio que correspondió al Atlante. Hace tantos años de eso, que sólo las páginas amarillentas y frágiles de la memoria pueden consignarlo.
Cuando Atlante gozaba de su mote de "equipo del pueblo", Chivas zozobraba lamentable, dolorosa, doliente y pobremente entre las olas hambrientas del "Ya merito".
Por eso, anoche, no pudieron encontrarse en mejor sitio para una entrevista en la SuperLiga que en un estadio al que le crepitan la madera, a este estadio Buck Shaw con osamenta de tubo, que transmite vejez, porque hasta las termitas parecen haber muerto ancianas.
En ese romanticismo, dos equipos de prosapia en el futbol mexicano se han cruzado de extremos.
Los une una ironía y una víctima. Los une el regocijo de un mismo adversario sentenciado para alimentar su eventual grandeza.
Atlante fue aceptado, con su grupo de "mugrositos", hijos del pueblo, vecinos de quinto patio, ídolos del pedigrí de pulquerías, mediante una prueba puesta por la entonces asociación de futbol mexicano que regía al balompié con tan intestinal y lambiscón espíritu como lo hace ahora.
Si los prietitos, antes de ser potritos, del Atlante querían jugar en la Liga Mayor, debían vencer al poderoso América, cargado de la crema y nata de la doble aristocracia de ese tiempo: la futbolística y la oligárquica.
Los atlantistas lo hicieron y no quedó más remedio que abrirle las puertas del futbol, de los estadios, de los sueños de arrabal, a la banda de los miserables, de los zarrapastrosos, de los remendados.
Y la gente en México los amó por ser del pueblo, por ser raza, por ser como ellos, por ser tan ellos, por ser ellos.
Y Chivas, a lo largo de su historia, ha copado de amor el mundo del futbol mexicano, más allá de las fronteras de México, por su perseverante, constante, reñida, encarnizada, batalla con el mismo América.
Los dos, Chivas y Atlante, en su momento, vencedores de los Millonetas, los Canarios, los Cremas y hoy Águilas, terminan por ser mellizos de la victoria de alguien tan genuina y metafóricamente folklórico y autóctono como Pepe el Toro luchando contra el complot organizado del poder, la influencia y el dinero.
Sin embargo, su pasado fue mancillado también por el América.
Televisa unió al Atlante a la familia, como un hijo bastardo al que no quería dejar morir de hambre, cuando la corrupción del IMSS y del Departamento del Distrito Federal lo preparaban para la eutanasia, y si lo perdió fue por pleito entre los primos Emilio Azcárraga y Alejandro Burillo.
Y Chivas, también, en la época de la Promotora Deportiva de Salvador Martínez Garza, vivía sujeto a los caprichos del América, al grado que malbarató las transmisiones de televisión a cambio de cartuchos quemados como Ricardo Peláez y Luis García, a quienes la edad y las lesiones los llevaron a un triste retiro en el Guadalajara.
Pero cada uno vive una historia diferente hoy.
El equipo del pueblo hoy es Chivas.
El equipo de pueblo, hoy es el Atlante.
Los Potros, con todo y ese campeonato que aún vive fresco como referencia, siguen viviendo en estado terminal, pues incluso en su nuevo establo no conquistan por su inestabilidad futbolística y competitiva.
Atlante es gloria de museo.
Chivas es gloria pujante, palpitante, vigente.
La evidencia puebla la tribuna. La viste de colores. La rejuvenece de sonidos. La estremece de ilusiones.
Y entre el coloquio familiar de la enésima casa rojiblanca en Estados Unidos, este estadio de Santa Clara, apenas distante, errante, extraviado, huérfano, náufrago, más despistado que un perro en procesión religiosa, un atlantista con una camiseta azulgrana herida de calendarios, observa el panorama, como la mosca que pretende ocultarse en el tazón de leche.
Eso fue anoche, en un estadio al que le rechinan las reumas en la tribuna, el encuentro entre quien fue y jamás será, como el Atlante, y otro que es y será por mucho tiempo, como Chivas.



















