A diferencia de alimentos como el cacao o el pimiento, la papa no cosechó un éxito inmediato en Europa. Por el contrario, se popularizó a finales del siglo XVIII, más de 200 años después de su llegada desde su lugar de origen, los Andes peruanos.
El motivo de las reticencias era su mala fama, pues era considerada un producto sólo apto para alimentar al ganado y a los indigentes, y entonces se la miraba con desconfianza. Para peor, los médicos de la época la habían calificado de malsana y pronto la población la consideró maléfica. De ahí que en no pocos sitios fuese conocida como raíz del diablo. Una creencia no tan descabellada, pues mal almacenada (en presencia de humedad y expuesta a la luz) la papa acumula cantidades importantes de solanina, una sustancia tóxica que no se elimina durante la cocción.
El empeño de un farmacéuticoUn farmacéutico francés, Antoine Augustin Parmantier, que por aquel entonces servía como tal en el Ejército, se impuso la misión de hacer justicia a la despreciada papa.
Cuando en 1772 la Academia de Ciencias de Besançon convocó un certamen sobre alimentos capaces de paliar las hambrunas que comenzaban a afectar al norte del país, Parmentier encontró la ocasión que esperaba.
Su trabajo convenció a los miembros de la Academia, que lo premiaron, y en gran medida fue también la causa de que ese mismo año la Facultad de Medicina de París decretase que las papas eran comestibles. Vencida la resistencia de sus colegas, a Parmentier todavía le quedaba por derribar la de la población.
Para conseguirlo, contó con un aliado de excepción, Luis XVI, quien estaba al tanto de su trabajo y le cedió unos terrenos para que prosiguiera sus investigaciones.
Parmentier sembró el tubérculo en secreto y dispuso un cordón de soldados que custodiasen el valioso tesoro, día y noche. Finalmente, logró que los campesinos franceses comenzasen a cultivar y consumir la papa. Justo a tiempo para que este producto ayudase a combatir las hambrunas que se avecinaban, consecuencia de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, que acabaron por extender el consumo de la papa por todo el continente y la convirtieron en un alimento básico.








