Nueva York/especial para edlp — Zapatos de cuero retorcido y ajado; gorritos de lana roída; pantalones agujereados; chamarras y camisetas que aún se las ingenian para conservar algún destello del color que supieron tener hace más de 20 años cuando sus dueños vestían estas prendas. También hay medallitas y precarios sonajeros entre las cosas recuperados de las entrañas de la tierra ya que muchos de los enterrados eran bebés.
Un grupo de profesionales del Equipo Peruano de Antropología Forense –conocido como EPAF- dispone prolijamente las prendas y los objetos personales en bolsitas transparentes sobre un gran plástico azul. “Ni habíamos terminado de montar la exhibición cuando de repente empezaron a bajar personas desde todos los puntos de la montana; fue impresionante”, relata José Pablo Baraybar, recordando cómo esas siluetas indígenas descendían por las laderas a paso cansino hasta llegar donde ellos estaban.
La escena transcurría en septiembre del año pasado en Putis, un paraje desolado en medio de la Puna peruana, al sur del país andino en la región de Ayacucho. Allí, José Pablo, Director Ejecutivo del EPAF comandaba a este equipo en la tarea de identificar los restos y pertenencias de los más de 120 campesinos asesinados por el ejército peruano y enterrados en fosas comunes en 1984.
Dos décadas y cuatro años después de la masacre que barrió con esta comunidad rural, algunos familiares, vecinos y pobladores sobrevivientes del área respondían al llamado que escucharon en radios locales de onda corta. “Aquí no hay teléfono, así que hicimos varias convocatorias en quechua desde la radio Huanta 2000 que es la que escuchan todos”, explica José Pablo. “Los invitamos a acercarse a estas tres muestras de ropa que hicimos en Huanta, Santillana y Mashuacancha para ver si algo les traía algún recuerdo de estos seres queridos que perdieron hace tanto”.
Más de 500 personas llegaron hasta Putis; cholas de trenzas renegridas, faldas alegres y mirada triste; algunos muchachos. “Fue increíble, una mujer se abalanzó sobre un saco y dijo este es mi trenzado; este tejido se lo regalé a mi prima cuando se casó. Y así uno y otro fueron reconociendo las prendas de 19 personas”. ¿Cómo puede ser, tanta memoria, después de tanto tiempo?, preguntamos. “Esta gente es la más pobre de los pobres,” dice José Pablo, “y el pobre se aferra a lo poco que tiene y lo recuerda”.
Las fosas comunes encontradas en Putis, una en la escuela de la comunidad y otra en la iglesia, contenían los restos de 123 personas –en su mayoría niños y mujeres- quienes cavaron con sus propias manos los agujeros donde los militares los tirarían luego de acribillarlos y robarles el ganado, su única posesión. Miserables, marginados de la sociedad y subsistiendo como podían, estos campesinos fueron las verdaderas víctimas del conflicto que desangró a Perú desde los 80’s hasta el 2000; la época donde el grupo terrorista Sendero Luminoso se enfrentó al Estado peruano. “Ambos bandos mataron y Sendero fue particularmente salvaje”, afirma José Pablo, “pero el Estado gana con creces en cantidad de asesinatos y es quien llevó a cabo un plan sistemático de desaparición forzada de personas”.
Arqueólogo de profesión, José Pablo Baraybar, 45, decidió en los 90’s que quería unir su pasión por el trabajo científico con restos óseos y su activismo en defensa de los derechos humanos. Lo que sabe –que es mucho- lo aprendió solo. “Soy como un artesano; no tuve una educación formal en esto, sino que devoré libros de anatomía y cientos de fotocopias y tuve mucha casuística”. Verdadera eminencia en el terreno de la antropología forense, viajó a Ruanda, los Balcanes y Kosovo pero afirma que lo de Putis lo dejó perplejo. “He visto muchas cochinadas pero nada como esto. Esta era gente de lo más sufrida que fue tratada con desprecio, discriminada por su color; por sus rasgos indígenas; acosada por Sendero y engañada por los militares que los llevaron a Putis prometiéndoles que allí construirían un asentamiento modelo con truchas y pasturas para sus animales. Pero en cambio encontraron la peor muerte”.
Al mismo laboratorio de Virginia donde se analizaron los restos de las víctimas del 9/11 se enviaron los restos encontrados en Putis para hacer análisis de ADN pero la tarea no fue sencilla. “Las fosas no tenían mucha profundidad entonces tenías a ese centenar de personas todas apachurradas y los huesos sumamente degradados.” De todas maneras, el EPAF logró identificar a 28 individuos y recuperaron restos de 92.
Los neoyorquinos podrán ser testigos del meticuloso trabajo de Baraybar gracias a las fotos de Domingo Giribaldi, un fotógrafo voluntario que documentó las exhibiciones de ropa realizadas por el EPAF en Ayacucho. Bajo el título, ‘Si no vuelvo, búsquenme en Putis’ la muestra, que cuenta con el apoyo de Creative Learning y otras ONGs, busca acercar a la opinión pública internacional con esta deuda pendiente del gobierno peruano: dar dignidad a los desaparecidos recuperando su identidad y haciendo justicia.
Muestra fotográfica: 22 al 29 de oct. en NYU, Ctro. Juan Carlos de España/
53 Washington Sq. South