Javier Aguirre (izq.), director técnico de la selección mexicana y Cuauhtemoc Blanco han sido piezas claves en el triunfo del Tri. (FOTO: AP)
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Aunque faltan 9 meses, es claro que Javier Aguirre, cuando expire y suspire el último hálito mundialista del Tri en Sudáfrica, seguramente ya tendrá contrato asegurado en Europa, seguramente en la Liga Premier de Inglaterra.

El heredero debe estar ya contemplado. Queda claro que no hay clones del "Vasco", pero queda claro también que no todos los caminos al éxito, incluso entre los mexicanos, deben escribirse exclusivamente bajo los guiones peculiares de Aguirre.

Hoy los aficionados mexicanos pueden sentirse orgullosos con la selección que tienen de pie, pero no pueden conformarse, ni cegarse, ni rendirse, ni someterse, a unos directivos fariseos que desmerecen a su equipo y a su tribuna, y para quienes sólo son alcancías inagotables, a quienes esquilman con juegos moleros.

El problema, histórico, reiterativo, recurrente, para el futbol mexicano es la urgencia enfermiza de reinventarse cada cuatro años, como si en el afán de reducir a cenizas sus vivencias inmediatas, encontrara la mejor forma de reconstruirse, renunciando a las lecciones de sus propios fracasos.

Por eso, el futuro de México no se construye mañana ni después del Mundial, en realidad debió empezar a construirse ayer.