Sí, el boleto tiene nombre: México. No es momento de voltear atrás. Ni de ver los cadáveres exhumados de un irresponsable como Hugo Sánchez ni de un advenedizo y oportunista como Sven-Goran Eriksson.
Ni perder tiempo en burlarse de los millones de dólares malgastados por los caprichos de Jorge Vergara y de Azcárraga Jean al empeñar en manos del sueco y sus defensores de oficio, el pasaje mundialista.
Ni desgarrarse las vestiduras en lamentarse de la fragilidad humana de futbolistas mexicanos que necesitaban un verbo enérgico, un artesano de la palabra, para sacudirlos espiritualmente, al encontrar el apoyo irrestricto de parte de Javier Aguirre y un hombre inteligente como estratega como Mario Carrillo.
No es tiempo para arremeter contra el energúmeno soberbio y demente, como Ricardo La Volpe, y su séquito de necios, que veían a Zinha como el salvador histórico y se coludieron para marginar a Cuauhtémoc Blanco de 2006.
Es tiempo de futuro. Es tiempo de aprender a diseñar el futuro en tiempo presente.
Es tiempo de que Aguirre y Carrillo fundamenten el futuro inmediato y también de que Néstor de la Torre fundamente el futuro a largo plazo.
Si el cuerpo técnico necesita 60 días a los jugadores antes del Mundial, adelante; ningún torneo doméstico, ninguna Copa Libertadores puede ser más importante —en un acto de arrogancia pueblerina—, que la cita climática de una Copa del Mundo.
Y si quieren seguir ensayando con los fósiles resucitados, o con novatos precipitados, Aguirre y Carrillo deben tener las manos libres, porque, hasta el momento, han demostrado que las decisiones demenciales, aparentemente, han terminado siendo cuerdas en resultados.
Si bien Aguirre se precipitó en la arenga desorbitada de llamar a la guerra ante El Salvador, a final de cuentas, con el resultado, todo transitó en tono pacífico y de saldo blanco en general, pero el mismo "Vasco" deberá aprender a que sus neuronas gobiernen a sus inquietas hormonas.
Aunque faltan 9 meses, es claro que Javier Aguirre, cuando expire y suspire el último hálito mundialista del Tri en Sudáfrica, seguramente ya tendrá contrato asegurado en Europa, seguramente en la Liga Premier de Inglaterra.
El heredero debe estar ya contemplado. Queda claro que no hay clones del "Vasco", pero queda claro también que no todos los caminos al éxito, incluso entre los mexicanos, deben escribirse exclusivamente bajo los guiones peculiares de Aguirre.
Hoy los aficionados mexicanos pueden sentirse orgullosos con la selección que tienen de pie, pero no pueden conformarse, ni cegarse, ni rendirse, ni someterse, a unos directivos fariseos que desmerecen a su equipo y a su tribuna, y para quienes sólo son alcancías inagotables, a quienes esquilman con juegos moleros.
El problema, histórico, reiterativo, recurrente, para el futbol mexicano es la urgencia enfermiza de reinventarse cada cuatro años, como si en el afán de reducir a cenizas sus vivencias inmediatas, encontrara la mejor forma de reconstruirse, renunciando a las lecciones de sus propios fracasos.
Por eso, el futuro de México no se construye mañana ni después del Mundial, en realidad debió empezar a construirse ayer.