Una joven muestra la cazuelita con la que ofrece una probadita a los asistentes a la recién inaugurada XXXI Feria Nacional del Mole, realizada en el poblado de San Pedro Atocpan, en la delegación Milpa Alta Foto: EFE
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Reportajes/EFE — Solo o acompañado, dulce y picante a la vez, del mole dicen que es el ‘platillo’ nacional por excelencia, imprescindible en cualquier celebración familiar. En México, “ir a un mole” es lo mismo que “ir de boda”.

Existen docenas de tipos de mole —aunque hay quien los cifra en centenares—, de gustos, colores y complejidades aptos para los públicos más variados, pero todos cuentan con una base común: el chile.

Negro en Oaxaca, amarillo en el sureste y colorado en el Valle de México, el mole acompañaba tradicionalmente al pavo o guajolote, pero su amplia variedad se renueva hoy en connivencia con otras carnes, como el pollo y el pato, y con tamales, mariscos, enchiladas, quesadillas e incluso lasañas y pizzas.

Angélica Bravo, propietaria del restaurante ‘La casita poblana’ (Puebla), resalta “la versatilidad” de esta salsa, capaz de llegar “hasta donde nuestra creatividad nos permita”.

Puede que el más afamado de todos sea la especialidad de Bravo, el mole poblano, al que el chocolate otorga un inconfundible color marrón y un sabor protagonista de diversos mitos, en los que también participan siete tipos de chile, las almendras, las pasas, el plátano, el cacahuete y el anís.

El origen de casi todos los moles giran en torno a la misma historia. En el México colonial, la cocina de un convento bullía antes de la visita de un ilustre personaje que cambia según el narrador —un arzobispo, un virrey— y que debía ser agasajado con un rico menú.

Algunas leyendas cuentan que el cocinero, presa de los nervios, derramó las sobras de los ingredientes con los que cocinó en el mismo plato que se le iba a servir al invitado, que, para sorpresa de todos, se chupó los dedos. Otras afirman que el chocolate fue una solución de emergencia ante una salsa demasiado picante para un español.



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