Detalle de una canoa de mariscos elaborada en el restaurante Arte Chef, perteneciente a la Asociación Culinaria de Cuba. Foto: EFE
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En el modo tradicional del “pincho-púa” se limpia el interior del animal sin desmembrarlo, luego se ensarta en una vara y se hace girar sobre el fuego, y al compás del movimiento se le dan “brochazos” con adobo.

Es común echar hojas de guayaba al carbón, para que la carne se impregne con su aroma dulce, y si se cocina a la parrilla, también se puede cubrir el animal con hojas de plátano que ayudan a conservar el sabor.

Otras recetas del lechón asado incluyen la opción de rellenarlo con plátano o arroz congrí, que es guarnición obligada para el cerdo.

Lo imperdonable, de acuerdo a las recetas más populares, es condimentarlo con especies innecesarias, como el potente “curry”, o alimentarlo con “lo que no se debe”, por ejemplo, con pescado.

Para un menú menos ambicioso, los tamales siempre dan buena suerte. La preparación involucra a toda la familia en un proceso casi fabril que conlleva deshojar las mazorcas de maíz tierno, moler los granos, y condimentar con un sofrito de ajo, ají, cebolla, puré de tomate, chicharrones y hasta carne.

El próximo paso es envolver la mezcla en hojas de maíz —artesanía que requiere práctica y eficacia— para después poner a cocinar las piezas selladas (tamales) dentro de una olla con agua caliente.

El plátano también tiene sus privilegios y excentricidades en la isla.

Tostones, chatinos y “plátano a puñetazos” son los diferentes nombres que los cubanos le pueden dar al plátano verde frito, aplastado en forma de platillo volador, y con un toque de sal.

Con frecuencia también se come el “fufú” (plátano maduro, hervido y hecho puré con un poco de aceite, ajo o cebolla), y las “chicharritas” o “mariquitas” (verde, cortado en finísimos trozos, frito, salpicado de sal).