Detalle de una canoa de mariscos elaborada en el restaurante Arte Chef, perteneciente a la Asociación Culinaria de Cuba. Foto: EFE
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Reportaje especial EFE — El mandato popular entrega la corona de lo más criollo al lechón asado, el congrí (arroz cocinado con frijoles negros o colorados) y la yuca con mojo, pero la lista es más larga.

Tamales, tostones, frituras de malanga, tasajo, dulces en almíbar, “ropa vieja”, ajíaco, mariquitas, raspadura, majarete, chicharrones y buñuelos, son parte del recetario nacional.

Es una cocina que pasa de los entrantes, entremezcla especies y sabores, privilegia lo salado y lo dulce, desprecia los pescados, y hace postres con tubérculos, cereales y frutas. Además, ha aprendido a simplificar sus opciones tras cinco décadas de dificultades económicas y constantes escaseces de alimentos.

No es extraño que exista una “mitología” nacional alrededor de ciertos platos difíciles de consumir como la carne de res y los mariscos, mientras que otros, como las pastas y las croquetas, son reconocidos como los héroes del cotidiano.

Pero el gran gustazo cubano es el cerdo asado, al horno o a la brasa y el idilio perfecto, tostar el cuero de un lechón entero empalado en una púa que gira sobre el calor del carbón, mientras el fuego despide aroma a hojas de guayaba.

El cerdo es el rey de la mesa en las comidas de Navidad y Fin de Año —las cenas más tradicionales de los cubanos—, el protagonista de cualquier gran celebración y el único que, al igual que los pasteles, define si la fiesta iba en serio o no.

Proporciona otros productos muy apreciados en la cocina nacional, como la manteca y los chicharrones, y existen diferentes teorías y regionalismos a la hora de entenderse con él.

Según versiones, antes de exponerse al fuego, la carne requiere un adobo previo con sal, ajo, naranja agria, comino y alguna hierba aromática como el orégano, aunque en el oriente es común que el cerdo llegue a la brasa solo con sal.