“Tres leches” especialidad del restaurante Sushisamba Dromo. (FOTO: EFE)
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Miami/EFE — La evolución de los fogones latinos en Estados Unidos ha alcanzado también a la repostería, arte delicado y difícil que, sin desdeñar el hallazgo antiguo, ha hecho del momento del dulce una experiencia estimulante, compleja y refinada.

La denominada cocina “nuevo latino” o “nuevo andino”, entre otros apelativos culinarios de moda más o menos acertados, ha experimentado en los últimos años una notable transformación en los obradores de repostería.

Así, el lado imaginativo, de innovación, más lúdico que propugnan los chefs reposteros ha dado un sabor nuevo a nuestros deseos.

Por supuesto, el capítulo de los postres genuinos iberoamericanos como las natillas, el flan, los panqueques o el tres leches, aquellos que entroncan directamente con los tiempos antiguos, permanece firme en el viejo molino de la memoria y en los restaurantes de sello tradicional.

En primer lugar, no se puede pasar por alto que la repostería de origen conventual, esos dulces hábitos que son el referente de gran parte de la mesa hispanoamericana, prevalece en los establecimientos latinos de Estados Unidos.

En la melosidad del arroz con leche o el temblor de unas golosas y caseras natillas sobrevive el “ora et labora” de las hacendosas monjitas criollas y españolas que acuñaron en América Latina una repostería de impronta celestial.

Una pastelería que incorporó la aportación de recetas indígenas y que dio lugar a postres criollos de gran personalidad- los hojaldres, el alfajor, el tocinillo de cielo, los piononos, los papaíllos, las cocadas o las panatelas, entre otros.

Las natillas son, ya dijimos, uno de los reclamos más solicitados y sabrosos a la hora del postre. Es, quizá, el final más clásico de una comida casera, nos tienta con su perfume a corteza de limón y canela y su textura suave y firme de leche y huevos.