Los periodistas de distintas partes del mundo que entramos aquella mañana a la pista portuguesa del Circuito Estoril íbamos con una sumisa actitud de reverencia. Habíamos viajado desde nuestros respectivos países para conocer a una deidad oriental. Una vez allí, estaríamos frente a un nuevo dios japonés, el más reciente heredero de un largo linaje de ídolos que han sido venerados por millones alrededor del mundo. Ese nuevo dios es el Nissan GT-R.
Sucesor directo de los todopoderosos Nissan Skylines, el GT-R estaba disponible para una prueba de manejo como parte del evento Nissan 360 que la automotriz celebra cada cuatro años. En el mismo, la compañía pone a disposición de la prensa toda su producción mundial, por lo que teníamos a mano 60 modelos de distintos segmentos, plataformas y configuraciones. Allí había de todo: desde diminutos microcarros urbanos con motorcitos de tres cilindros y el volante en el lado derecho, hasta gigantescas camionetas SUV con sedientos motores de ocho cilindros. No obstante, en medio de este variado menú automovilístico, el más placentero manjar, la gran estrella, era el GT-R.
Aun poniendo la idolatría y la admiración a un lado, el GTR-R es un vehículo que impresiona desde el inicio. Lo primero que sorprende es su tamaño pues no es el típico auto deportivo pequeño y livianito. El GT-R es un carro notablemente grande. Es inmenso y bien ancho. Tan grande, que hace que el saliente Skyline R34 luzca esbelto, casi pequeño.
Pocos minutos después de nuestro primer encuentro con el GT-R, el carro volvería a sorprendernos, esta vez en la pista. Fueron tres las oportunidades que tuvimos de experimentar la civilizada brutalidad del GT-R. Claro, es un término contradictorio, pero es que el GT-R, a la vez que es suficientemente salvaje como para comerse a muchos de los mejores carros deportivos, también es suficientemente dócil como para ser un automóvil de uso diario. Hasta tiene un asiento trasero para dos pasajeros, que aunque no es necesariamente amplio, al menos no requiere encoger las piernas para poder usarlo.
Nuestro primer turno con el GT-R fue viajando como pasajeros mientras un instructor nos explicaba la ruta y las peculiaridades de la pista. Luego de esa vuelta introductoria, nos soltaron con el monstruo y lo pusimos a rugir a lo largo de tres vueltas al circuito en las que el instructor quedó relegado al asiento del pasajero.
Durante largos años en el Circuito Estoril se corrieron importantes pruebas de Fórmula 1. Por tanto, como toda buena pista de este tipo de competición, está plagada de curvas, algunas horriblemente cerradas y cercanas entre sí y otras amplias y bastante abiertas. También está la obligatoria recta. Las curvas nos permitieron probar la adhesividad de la magnífica suspensión del GT-R y el gran poder de sus frenos Brembo con discos de 15 pulgadas ventilados y taladrados. Mientras, en la recta pudimos darle rienda suelta al pie derecho, escuchar el fuerte rugido del motor V6 twin turbo de 3.8 litros y sentir cómo nuestras cabezas se adherían a los espaldares de los asientos. Era como el despegue de un jet. Nissan afirma que el arranque de 0 a 60 mph es de unos fugaces 3.5 segundos y la velocidad máxima, de unas 193 mph. Muy lamentablemente, la recta de Estoril no era lo suficientemente larga como para alcanzar esa cifra.
Transfiriendo a las cuatro ruedas los descomunales 480 caballos de fuerza y las demoledoras 430 libras de torque, hay una transmisión automática de seis velocidades, que al igual que el motor es fabricada a mano. Seguramente muchos de ustedes habrán llorado al leer la palabra “automática”. Bueno, no se desilusionen pues, aunque es automática, ofrece un modo manual con el que podrán cambiar las velocidades ustedes mismos. Esto se logra por medio de unas pequeñas palancas ubicadas en el volante. Según la automotriz, éstas permiten unos cambios excesivamente rápidos, casi instantáneos. Para nivelar el peso de su nuevo monstruo, Nissan la instaló en la parte trasera del vehículo. De hecho, su combinación de potencia, motor, transmisión, suspensión, frenos y distribución de peso le permitieron al GT-R completar el mítico circuito alemán de Nurburgring en siete minutos y 38 segundos, que es uno de los tiempos más bajos jamás logrados allí por un vehículo de producción.
Según Nissan, el rendimiento de combustible es de 17 millas por galón en la ciudad y de 24 en la carretera cuando se guía en automático. En el modo manual hay una leve mejoría de una milla.
Por dentro, el GT-R es puro carro deportivo. No está excesivamente adornado, pero luce muy bien. Dos detalles anuncian la naturaleza de esta máquina: las butacas delanteras con marcados soportes laterales y la posición predominante del tacómetro en el panel de instrumentos.
Les mencioné que fueron tres los turnos que tuvimos con el GT-R y ya les conté sobre los primeros dos. El tercero fue el mejor de todos aunque nuevamente fuimos como pasajeros. Lo que lo hizo más interesante aún fue el hecho de que le desactivaron el control de tracción y al volante iba un piloto profesional que castigó al GT-R tal como si hubiera estado corriendo en una competencia de verdad. Fue en este turno en el que genuinamente pudimos apreciar los talentos sobrenaturales de esta nueva encarnación de Godzilla. En la recta, el piloto logró velocidades que ninguno de los periodistas había alcanzado y en las curvas, iba prácticamente de lado. Así supe qué sentían los pilotos acróbatas de la película The Fast and the Furious: Tokyo Drift. Ahora bien, ninguno de los pilotos del filme sabe qué se siente ir a bordo del nuevo dios japonés.








